Carlos Ignacio Díaz Loyola (1894, Chile - 1968, Chile)

Pablo de Rokha

Pablo de Rokha, trayectoria de una soledad
 
Parecería ocioso bosquejar la vida de este gran creador, ya que toda su obra, sin excepción, es su propia biografía, como la biografía, en cierto modo, de su tierra y de su tiempo. Pero algunas direcciones, fechas y circunstancias, son ahora necesarias.
 
Nació en Licantén, a orillas del río Mataquito, provincia de Curicó, Chile, el 22 de marzo de 1894. Se enorgullecía de su ascendencia española e hidalga y, a menudo, en conversaciones con quien estas líneas escribe, advertía sin estridencia que ella provenía directamente de Ruy Díaz de Vivar y de Ignacio de Loyola, lo que podría explicar su coraje, su tenacidad y su misticismo terrestre. Fueron sus padres José Ignacio Díaz Alvarado y Laura Loyola. Desde muy niño, acompaña a su padre, jefe de resguardo de aduanas cordilleranas, en largas e interminables correrías por las provincias sureñas.
 
Este contacto continuo con un medio ambiente de epopeya, fuerte y desgarrador, incluía la convivencia con todo tipo de personajes de complejísima estructura: comerciantes en ganado, policías y bandoleros, auténticos bandoleros de carabina recortada y puñal al cinto. Aventureros de toda especie, domadores, vaqueros, salteadores de caminos, completaban el reparto humano de este violento escenario infantil.
El hecho es importante porque varios de estos personajes permanecerán para siempre en el recuerdo del poeta y se convertirán, más tarde, en prototipos de su contenido poético.[1]
 
Desde 1906 hasta 1911 estudia en el Seminario Conciliar de San Pelayo, de Talca. Es expulsado por hereje, ya que a la lectura reglamentaria de la Biblia, él agrega autores menos ortodoxos, como Voltaire, Rabelais y Nietzsche. En Santiago termina sus humanidades y da bachillerato en 1912, ingresando simultáneamente a las escuelas de Ingeniería y de Derecho. Alguna tarde, en conversaciones sostenidas en sus habitaciones del hotel Bristol, me confesaría que también había pensado matricularse en Medicina y, además, en el Instituto Pedagógico para estudiar más a los clásicos. Se lo tragan la bohemia y el periodismo, y en el diario radical La Mañana publica sus primeros versos. Con la iniciación periodística de su poesía comienza su dramática trayectoria de soledad, negación y abandono, porque ahí están ya, en forma inconfundible, su garra y su desgarramiento. Ha sido señalado por el destino para acometer un trabajo que no le será perdonado. «En arte hay que incendiar para purificar», decía por aquellos días, en París, Guillermo Apollinaire, y por eso, el fuego que trae Pablo de Rokha iluminará a su época, pero finalmente lo consumiría. Talento e insolencia eran demasiado para este provinciano desconocido que llegaba abriendo a patadas el silencioso e inmovilizado templo del arte por el arte. La soledad lo esperaba. Soledad relativa, por lo demás, ya que conoce a Luisa Anabalón Sanderson, con quien contrae matrimonio en 1916.
 
La consecuencia de este enlace es absolutamente fundamental en la vida y en la obra de Pablo de Rokha, quien se enamoró de Winétt como «jamás hombre alguno se enamoró». A partir de este momento, ella estará presente en forma permanente en su poesía, será el remanso acogedor de su esforzada existencia, la luz perpetua que iluminará sus cantos presentes y futuros. [2]
 
Tuvo nueve hijos: Carlos, poeta, es decir extraordinario poeta; Lukó y José, pintores; Juana Inés, Pablo, Laura, Flor, Carmen y Tomás. La muerte de los dos últimos, siendo él muy joven y ellos muy niños, lo estremecería profundamente: a Tomás está dedicado el admirable Escritura de Raimundo Contreras. Fue profesor de Estética en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile. Viajó largamente por América, Europa y Asia. En 1965, obtiene tardíamente el Premio Nacional de Literatura, después de una larga vida gastada de pueblo en pueblo vendiendo sus propios libros que él mismo editaba. «La mayor parte de los libros de Pablo de Rokha se vendió muy poco. Él mismo cree que de Los Gemidos, publicado en 1922, no fueron comprados más de 10 ejemplares. El resto fue utilizado para envolver carne en el Matader».[3]
 
Viejo, enfermo, pobre, envidiado y calumniado, se suicida en la mañana del 10 de septiembre de 1968.
 
La voz más poderosa
 
Su muerte asumió, en realidad, todos los caracteres de un asesinato, pues fue la resultante natural y lógica de una larga trayectoria de aislamiento, de destierro, de anonimato, de vacío letal forjado con silencio y astucia alrededor de la figura del poeta, el más profundo e innovador de los creadores chilenos del presente siglo, seguramente de los americanos, probablemente de los de lengua española. Cuando al comenzar el siglo Pablo de Rokha se da a conocer en los diarios de Santiago y luego en la antología, clásica ya, Selva lírica, su voz es insólita y única por la fuerza de su canto, por la insolente originalidad de su pensamiento, por la ferocidad voraz de sus invectivas; el poeta traía a las letras chilenas, junto con un poderoso caudal de entusiasmo creador, un desusado e iconoclasta afán de innovación, de destrucción, de deflagración rasante y total. Él no conocía la hipocresía ni los susurros ni los términos medios, no conocía tampoco la enfermedad, las toses alérgicas, los estertores histéricos, los pulmones carcomidos por las medias tintas y las esenciales frustraciones, las mejillas empalidecidas por el mismo y antiquísimo sol que venía iluminando desde la Colonia a los desahuciados, a los tristes, a los lloriqueantes y llorosos inquilinos de la poesía europea y americana. Él era un poeta solar y un forajido; no, no lo podían perdonar; primero le tenían miedo, después le tenían odio y le vaticinaban dolencias y cuarentenas, se aislaron, lo aislaron. Los más audaces o los mejor guarecidos por el sastre, el notario o el boticario, lo insultaron, le enviaron anónimos, trataron de reírse de él, de su modo de andar rural y empastado, pero el poeta no se quedaba callado, en el campo se cría buena voz, se alimenta uno de terrores y soledades, de grandes espacios, él había sido arriero y testigo y cómplice de contrabandistas, de bandidos, de verdaderos hombres, manejaba el látigo, el puñal, el revólver, los puños, los dientes, todo eso lo esgrimía en su poesía. No, no se quedaba callado, no se quedaría callado aunque lo enmudecieran, contestaba con ímpetu fenomenal, con osadía, con saña y demoledora obscenidad si era necesario y siempre era necesario. Alguien que lo conoció bien, Juan de Luigi, recordaría, sin demasiada elocuencia:
 
...a muchísimos les convendría que Pablo de Rokha fuera un muerto. Dejarían que fuera un muerto que sigue viviendo, que come, que bebe, que se viste, que duerme, en una palabra, que respira. Pero intelectual y artísticamente muerto. Entonces con un hermoso epitafio sobre la lápida, todos quedarían contentos. Pero Pablo de Rokha tiene la impertinencia de seguir viviendo, de seguir creando, de seguir combatiendo, de seguir diciendo lo que piensa. Y eso sí que no se lo perdonan. Es el albatros baudelariano, con sus alas de gigante, y esas alas, muchas veces, aunque no sirven para andar sino para volar, suelen golpear en forma muy contundente. De ahí que los que han tenido que ir a la botica para curarse las contusiones, saquen sus pequeñas afirmaciones que se propagan en secreto, en murmullos; y que, como la calumnia de don Basilio en El barbero de Sevilla, sólo explotan cuando el vientecillo se ha transformado en tempestad. [3]
 
El poeta, recién inaugurado en plena juventud, se había transformado en un dolor estético, por la asombrosa novedad de su poesía, y en un dolor social por su coraje para defender sus puntos de vista, no sólo artísticos sino políticos o sencillamente humanos. De ahí, pues, que no es de extrañar la soledad en que transcurrió su larga vida, soledad que él mismo, de puro sano, de puro fuerte, de puro superdotado de vida, había deseado, buscado y proclamado desde que naciera y conociera su destino y su fuerza.
 
La soledad en que él se lanzó y en la que después fue sumergido y residenciado por los otros, tiene etapas. En primer lugar, forman en ella, como los silenciosos constructores, los fracasados, los frustrados, los envidiosos iluminados a giorno, los resentidos por inapetencia e impotencia, aquellos que habían soñado y ensoñado con recibirse de poetas, de novelistas, de intelectuales navegados tapizados en cuero, de conductores estéticos e ideológicos, y a todos los cuales el poeta zahería y carcomía con sus sarcasmos y alfileteaba con sus versos, aun sin herirlos, sin tocarlos, sin referirse a ellos, pero es que el talento creador era ya una referencia, una insolencia, una insolentada. No, no le perdonaban ser el mejor y el más potente. Y ese no perdonar, ese misterio doloroso, ese rencor jamás adormecido, ¿cómo se manifestaba? Por la ausencia del nombre del poeta en los círculos literarios, en los ateneos, en las sociedades de escritores, por su ausencia de las antologías, por su ausencia entre los galardonados con el Premio Nacional de Literatura.
 
Creado en 1941 por ley de la república, para premiar un trabajo relevante de toda una vida, el nombre de Pablo de Rokha fue silenciado sistemáticamente durante más de veinte años, exactamente durante veinticuatro años, habiéndose premiado en el interregno a valores de segunda y tercera categorías, sin trascendencia, sin originalidad, sin superficial arte; ni siquiera pintarrajeados por un pasajero talento, a poetas que eran ecos de ecos de ecos ya muertos y enterrados en el sur, en el norte, en la Martinica, en la Tierra del Fuego, en los hielos polares árticos y antárticos. Ello no tiene históricamente mayor importancia si se tiene en cuenta que Gabriela Mistral, coronada con el Premio Nobel en 1945, fue postergada todavía durante seis años por aquellos que formaban, por milagro de la burocracia política y extraliteraria, parte del jurado que otorga el Premio Nacional de Literatura. ¿Y quiénes han formado estos jurados, quiénes han sido los archipámpanos distribuidores de esta exigua cuota de frágil y dudosa inmortalidad? Si leemos la larga lista de sus nombres, nos encontraremos
 
        con el animal de los gestos cuadrados como retratos,
        con el animal de los gestos polvosos como borricos,
        con el animal de los gestos nocturnos, como sepulcros,
        con el animal espantoso que tiene botica,
        con el animal estupendo y arrastrado que conversa, que vive, que defeca, que está absolutamente casado con doscientos kilos de carne imbécil, y canta,
        y llora,
        y come,
        y duerme,
        y hace chiquillos sin cabeza,
        y dice gruñendo: «la ley, la justicia, la belleza de los cielos abiertos».
 
La impura pureza
 
Sólo en 1965 su obra tuvo el reconocimiento oficial, la relativa seguridad oficial u oficiosa de la supervivencia, quizás supernumeraria y exótica ante la formidable marea dejada por su obra, a pesar de los silencios, a pesar de los destierros y sahumerios. Sólo en 1965..., cuando, si hubiera habido justicia estética en su país, su nombre y su obra debieron ser los primeros en abrir las páginas de este pálido reconocimiento, más bien postmortem, que es el Premio Nacional de Literatura. Porque ninguna obra tiene el valor, la incidencia, la profundidad de la suya.
 
Grandiosa, colosal, la voz de Pablo de Rokha es tan potente y fatal que ya en la adolescencia sintió él la necesidad abismal de romper los frágiles cauces de la retórica y la preceptiva, las alcantarillas, refajos, ballenas, subsuelos y cinchas del idioma, para que el turbión de su poesía irrumpiera con todo su caudal libre y fecundante en una avalancha, un diluvio, una fuerza desatada de la naturaleza, que arrastra rompiendo y creándolo todo. Ha inundado a muchos insuflándoles coraje, terror y vida, hay poetas grandes que son realmente grandes, y otros pequeños, que se sienten enormes, que están hundidos hasta el pescuezo en la oceanografía de este gran creador.
 
La suya es la única voz verdadera, auténticamente personal, hecha con materiales elementales y eternos, telúricos y explosivos y que ha de durar, porque fue hecha para durar, de frente a la eternidad y no al tiempo presente, a pesar de sus errores, a pesar de sus transgresiones, a pesar de su monstruosa desmesura. Pero estos errores, estas anfractuosidades, estas avalanchas de su entusiasmo creador, forman también parte de su grandeza y la van conformando. Dice Platón que el poeta, instalado en el trípode de las musas, exhala con furia cuanto le acude a la boca, como si fuera el caño de una fuente, sin ponderarlo ni digerirlo, con lo que lanza fuera cosas de diverso color, de contraria substancia y aun incoherentes. Substancias del poeta, totalidad inoperable del poeta. Así Pablo de Rokha. La suya es una voz puramente impura, porque ya no es el arte sino la vida misma, la versión más profunda de la tierra, la que corre en sus aguas. Sus poemas tienen la misma importancia estética y social, la misma trascendencia histórica, el mismo potencial de un transformador de la sociedad. Porque Pablo de Rokha no sólo ha incorporado una información genial a la historia literaria de Chile, siendo él mismo testigo y documento de lo más sustancioso y vivo de nuestra realidad económico-social, sino que ha conmovido, seguramente sin saberlo él mismo, los fundamentos históricos de esa realidad.
 
Dos verdaderos caudillos que habían de insuflar vida nueva, vida peligrosa a la nacionalidad chilena, surgen en el país hacia el año 20, cual de los dos más negados, más resistidos, cual de los dos con más poderosa voz. Ambos quisieron ser una amenaza para la sociedad y ambos lo dijeron. Uno, visible, audaz, sin escrúpulos, lleno de juventud creadora, conmoviendo los salones, las murallas y techos de una edad detenida; el otro más abajo, hacia lo profundo, portador de una sabiduría milenaria, de una visión vieja y nueva del viejo arte, removiendo los cimientos, quebrando el idioma, haciendo trizas los sentimientos para crear otros más auténticos y más nuestros. El político es Arturo Alessandri, el mismo que después traicionaría a su pueblo y se iría a la tumba con las manos manchadas de sangre. El poeta es Pablo de Rokha, que ejerció todas las pasiones, menos la traición, que se mantuvo enhiesto, intocable, incólume, golpeándose contra las rocas, contra las murallas, contra las puertas, arrojándose él mismo contra las llamas para vociferar más fuerte.
 
El formidable adjetivador
 
No, no lo podían perdonar porque era un demoledor, un demoledor que tampoco se quedaba callado, que contestaba las injurias y las calumnias palabra por palabra, sarcasmo por sarcasmo y él, él sí que tenía la lengua larga y minuciosa. Por ejemplo, de un crítico inteligente y frívolo, aventurero de prebendas, partidos, canongías y entorchados, variable, que terminó sus días lamentablemente injertado en la derecha política, Pablo decía, clavándolo en su insectario de reducciones monstruosas: Es el gran piojo que trepa por el muslo de la literatura nacional. De otro crítico, menos inteligente, mucho menos inteligente, ciertamente impermeabilizado, declaraba que era sencillamente un imbécil y agregaba suavemente: No lo estoy insultando, lo estoy clasificando. De un poeta de ínfima categoría, poeta de invernadero, y de incubadora, crepuscular, resfriado, tibio, temeroso, empalagoso, opinaba que no era en realidad un hombre y que, por eso mismo, era un poeta de material plástico. A Nicanor Parra lo situaba estéticamente y lo definía como un pingajo del zapato de Vallejo. ¿A este ser hastiado y astroso, a este inmoral abúlico, convertido en los momentos en que se escriben estas líneas en lamedor de las botas fascistas que aplastan a Chile, cómo lo habría definido Pablo en la actualidad? De ahí, en consecuencia, la injuria que lo rodeaba cuando pasaba, es decir después que había pasado, de ahí el vacío y el silencio que acompañó su grande obra. Quizás valga la pena citar aquí dos opiniones de críticos de distintas tendencias y culturas acerca de la personalidad del poeta. La primera es de Alone,[4] novelista fracasado, hombre frustrado; crítico literario, naturalmente, del diario El Mercurio, alimentado sólo de novela francesa y de aberraciones humanas y artísticas. Dice en su Panorama de la literatura chilena durante el siglo XX:
 
Su libro Los Gemidos constituye uno de los mejores documentos de la literatura patológica aparecidos después de la guerra en los países no afectados por este fenómeno de un modo directo: 800 páginas delirantes en formato mayor indican una agitación interna considerable. Después ha repetido la misma nota, añadiéndole algunas obscenidades, quiere vivir íntegramente delante del lector y hacerle testigo de esas operaciones a las cuales se destinan departamentos secretos en todas las casas.
 
Cabe advertir que es sintomático y saludable que un crítico de mentalidad reaccionaria, por formación y deformación, como Alone, no haya comprendido el mensaje de Pablo de Rokha, especialmente si se tiene presente que él no ha ocultado, sino que lo ha hecho jubilosamente público, que en su oportunidad no pudo leer a James Joyce ni a William Faulkner, dando textualmente bote en ellos. Cabe también hacer presente que el citado crítico, por razones de índole estrictamente privadas, tiene insólitas costumbres, siendo la más notoria y conmovedora su afán crónico de desnudarse delante de sus lectores, utilizando, con muy buen acuerdo, el diario en que escribe como uno de esos departamentos secretos que lo obsesionan, para hacer sus streap-teases dominicales. La otra opinión es de Juan de Luigi:
 
Cuando en 1953 publicó su Antología, cosecha de su enorme labor de más de cuarenta años, la aparición de este libro capital pasó en silencio. Yo también callé por razones que Pablo conoce. Vergüenza para todos. No se pronunció ni un juicio favorable, ni un juicio adverso. Nada. La muralla del silencio, las envolventes murallas del humo, estaban en pleno apogeo. Ni los enemigos chistaron ni los amigos dieron un paso adelante. La Antología no existía. Tuvo aún menos suerte que Los Gemidos. Infamante manera de tratar de ahogar no sólo a un hombre sino a una obra, más de cuarenta años duramente bregados. Con Pablo se ha adoptado ese sistema. El silencio, o la injuria y la calumnia, susurradas al oído. Él vive, crea, publica, y si él mismo no vende su obra, lector por lector, nadie quiere darse cuenta de ello. Algunos pequeños bichitos tratan de criticar los pelos que están bajo la cola, y aún eso lo hacen con perfidia y con citas truncas. Sigue siendo el juglar del pantano.[5]
 
Biografía de su poesía
 
Pero las circunstancias que anteceden no explican el vacío total, la inexistencia física y espiritual del poeta en la vida cultural de Chile durante largos años, su ausencia de los programas de enseñanza, de los textos escolares, de las historias literarias, de los catálogos de las editoriales. Sí, Pablo de Rokha no existía en esta orilla ni en la otra, y si él, esforzadamente, titánicamente, con una asombrosa y admirable tenacidad, y en plena y total prohibición y cuarentena, no se hubiera convertido en su propio editor, aún más, en su propio agente viajero y en el librero ambulante de sus obras, en el momento de morir, aplastado, triturado por la invisible maquinaria, sabiéndose superior y único, de hecho habría desaparecido inédito. La soledad en su torno no sólo había sido elaborada por el silencio inerte sino por el silencio activo. Sus enemigos de ahora, sus antiguos desmayados discípulos, sus antaños sueños admiradores, que llegaron a imitar sus trajes, sus ademanes, sus frases, sus cadencias, su modo de peinarse, que incluso adoptaron su nombre como postrer homenaje, habían hecho esencial y corrosivo aquel silencio y lo habían multiplicado con presiones, compromisos, sugestiones, prólogos, chantajes y amenazas, era la masonería del silencio, el vacío impuro trazado a nivel continental. El poeta no encontraba editor en Chile, no porque no se le entendiera, no porque la poesía no fuera material modestamente comerciable, ya que poetas muchísimo más delgados, sutiles e invisibles encontraban fácil editor y copioso público. No, no era por eso, había temor a editarlo, había presiones a todo vapor, amenazas, compromisos tortuosos y subterráneos, odios ramificados hacia Buenos Aires y Ciudad de México, pasando por Montevideo y Caracas; de hecho estaba aislado y suprimido, de hecho había sido convertido en el gran enfermo de peste enterrado en vida, a solas con su genio y sus recuerdos. En Morfología del espanto resume aquel tiempo detenido y aquella eternidad eternizada:
 
           Sí, vivir y escribir y morir, solo,
       hilando entre los dedos sombra y sombra de sombra, arañando
       sombra, escarbando sombra,
       comiendo sombra, mordiendo sombra, diciendo
           sombra entre sombra y sombra.
 
Y en Fuego Negro reseña adormilado y clásico la costumbre de vivir y de sufrir de aquellos años heroicos, lentos y grises:
 
...son ojos negros, los ojos negros de la novia herida que habita el corazón de las tronchadas arpas: y estabas esperándome solita en la pobreza, tiempos de tiempos, con los hijos pegados a los amaneceres, dichosa por el abrazo frutal del retorno; o cuando íbamos por los pueblos, calumniados, execrados, difamados por la espalda, por los social-rufianes públicos de la literatura, y perdidos por nuestros plagiarios, escarnecidos en antologías en la nación enferma, enfurecidos y enceguecidos por la congoja acumulada, negados por la familia, intrigados del vecindario, manchados por la miseria, acorralados por debajo, saboteados y crucificados por la oligarquía y sus patibularios...
 
El desconocido internacional
 
Impresionado por aquella soledad que conocí de muy cerca en los años que Pablo vivía solo en el hotel Bristol, frente a la Estación Mapocho, una tarde le pedí que me autorizara para escribirle a Carlos Barral, gerente de la editorial Seix Barral de Barcelona, que era indudablemente la que marcaba el paso en la oscurecida España. Mi decisión tenía un doble motivo: acababa aquel final de invierno de ser otorgado una vez más el Premio Nacional de Literatura y, una vez más, había recaído en un poeta de segunda categoría, probablemente de tercera, de hecho en un poeta amable, amabilísimo, intrascendente, de corta voz, de corto vuelo. Ello me había producido más furia que sorpresa, no, no estaba sorprendido, podría decirse que había acertado. En efecto, días antes de la reunión del jurado otorgador del galardón tan exiguo y tan codiciado, yo vaticinaba, en el diario Última Flora, en un artículo titulado Un escándalo literario, que Pablo de Rokha no sería premiado y que en cambio se premiaría a un cualquiera de tono menor y un cualquiera de tono menor fue premiado. El otro motivo era que me hallaba, por aquellos días, en muy buenas relaciones con Barral, Carlos había lanzado con alguna resonancia una novelita mía que había peregrinado de secretaría en secretaría en Chile, el editor estaba entusiasmado con el pequeño libro y me anunciaba su inminente publicación en Italia, era hombre de izquierda, había arrastrado la cárcel, la censura, la clausura, era valiente y despierto y, además, era poeta. Le escribí lleno de entusiasmada esperanza, hablándole de Pablo y recomendándole su publicación, y en escueta carta de 8 de septiembre me contestó: No sé quién es Pablo de Rokha. ¿Podría Ud. enviarme alguno de sus libros? Le confesaré que su comparación con Neruda me sorprende. Mi respuesta fue rápida y un tanto apasionada. He aquí el párrafo más pertinente:
 
Trataré de satisfacer su «sorprendente» pregunta a merced de mi fuerza. Que Ud. me confiese no conocer a Pablo de Rokha es tan flagrante y terrible como si yo le confesara no conocer a García Lorca (aunque la comparación no es valedera; pues estimo que García es un niño de tetas comparado con Pablo), pero esto sirve para que Ud. y yo nos convenzamos de que vivimos en una época internacionalizada y solidaria en muchos aspectos, pero no en el cultural, absolutamente no en el cultural; de otra manera no se explica que el más grande poeta de mi tierra, de América y seguramente de la lengua castellana, que escribe en un diluvio fantástico desde hace cincuenta años, sea desconocido en España. Porque a Ud. que ha vivido toda su vida entre libros, que ha hecho de ellos su negocio espiritual, que es poeta Ud. mismo lo ignore, me está indicando que gente, mucho menos libresca que Ud. también lo ignora... La suya es la voz lírica más grande, más profunda, más trascendental que ha nacido en este continente después de Walt Whitman. Ambos forman un extraordinario y genial dúo poético, el más permanente, el más actual, el más clásico y revolucionario de la poesía lírica mundial. Le copio la opinión de León Felipe sobre De Rokha: «Pablo de Rokha es no sólo el más gran poeta de América, sino el más gran poeta de la lengua castellana en el siglo veinte».
 
De más está decir que Pablo de Rokha no fue publicado en España, el círculo se iba cerrando, el silencio iba subiendo hacia la respiración del poeta y tenía que borrarlo, de eso se trataba, eso era lo que se había estado persiguiendo durante tantos años y se lograba sin demasiado gasto. No, no era conocido en España, como en América seguía siendo un desconocido. Lo era tanto que, por ejemplo, en una antología de la poesía de lengua española actual, hecha por la editorial Aguilar y dirigida, se supone, por especialistas, se insertan, en la porción destinada a Chile, nombres de tercera, cuarta y quinta categorías, poetas de almanaque y alquería, de álbum familiar y de hospicio y se silencia a De Rokha. Aún más, ahora mismo, cuando en mi último viaje a España, a principios de 1971, en algunas charlas, foros en centros universitarios o entrevistas de la televisión, hablaba yo de los grandes valores literarios chilenos y mencionaba al formidable Pablo de Rokha, se me recibía con sonrisas de conmiseración, si se trataba de críticos de corte fascistoide, que abundan en el ambiente especializado tanto como en Chile, o con sonrisas de consideración y sorpresa, de genuina sorpresa, y no faltó un periodista, redactor de una hoja literaria, que a mi insistencia me contestara textualmente: Es que en España no conocemos mucho los nuevos nombres de la literatura chilena... Justicia e injusticia.
 
Sí, Pablo de Rokha fue aislado y calumniado, fue de hecho expulsado de nuestra sociedad espiritual, su muerte fue pensada tal vez por él, pero fue antes pensada por los otros, fue sembrada por los otros, su mano esgrimió el revólver, pero este había sido colocado en ella por los otros, ni siquiera por sus enemigos en persona, sino por los asalariados free-lancer, por los secretarios de los secretarios de los secretarios de sus resbaladizos enemigos. Sí, el poeta era un apasionado, a menudo un injusto, pero cuántas veces era justo y exacto, aun con los seres que desfilaban por otros planos de la realidad, de la sociedad, de la conveniencia material o espiritual. Por ejemplo, con un gran poeta burgués, un poeta cerrado y encerrado, un poeta desterrado por sí mismo de nuestras luchas, de nuestras necesidades, aún de nuestros sueños. Cuando murió Diego Dublé Urrutia he aquí lo que escribió Pablo de Rokha:
 
No coincidíamos en ideas con Diego Dublé Urrutia, coincidíamos en hombría. Con orgullo lo estoy diciendo, desgarrándome el corazón anciano, porque nosotros los viejos chilenos, profundamente queremos a las generaciones de hoy, pero nos volvemos a contemplar con seriedad categórica, sin retornar al pasado; sino luchando por el porvenir, afirmándonos en él, los huracanados pellines cordilleranos, de entre los cuales nos tallaron a hachazos los lejanos antepasados, de un antaño que está bramando, los lejanos antepasados vivientes y rugientes. Fue un varón nacional endurecido, montañés y oceánico, y un buen poeta, un buen poeta, con un gran poeta, durmiendo sólo, adentro de las desgarraduras de la vida humana: las palabras son sombras de las cosas, decía Demócrito; pero con las palabras se hacen cosas, se construyen realidades inauditas. Porque los poemas son cosas recién nacidas, gozando su enorme autonomía.
Cantó al minero y al pescador y al obrero, denunciando y enjuiciando a sus explotadores, no llorando, porque Diego Dublé erguía allá en la mocedad la gran bandera de los rebeldes y de los valientes, que si no fue precisamente roja, tampoco fue precisamente negra, fue recia y fue chilena.
Sus versos son abiertos como un racimo de copihues, fraternos y llenos de montaña y sol, y como lo era aquella buena mano nacional, como el cielo de Chile, azul y exacto; es posible que mirase únicamente desde la orilla del camino, el paso de parada y la tronada flor de las batallas contemporáneas por la paz y la libertad definitivas de los expoliados y los humillados del mundo, y la época social americana, pero nunca estuvo contra sus héroes; entonces, ya muerto, lo abrazo como a un gran amigo, a Diego Dublé Urrutia, en las entrañas de la materia.
 
Sí, tal vez debió ser éste el tono del poeta, su única conducta, una mirada de promisora nostalgia al pasado de su tierra y de su gente, preocupado sólo de la grandeza estable y no de la inestable pequeñez.
 
Sí, su error, su único error fue ese, estar preocupado demasiado de lo inmediato, de lo pequeño, de lo folklórico canallesco, había cierta puerilidad, cierto puntual infantilismo en él al hacerse cargo de todas las trampas que se le tendían, de manera que perdía la serenidad central y necesaria para tornarse sólo furioso; entusiasmadamente furioso con sus temas, con sus apasionados temas, la visión de su alma, de sus vehementes ensueños, de sus terrores sin testigos, la visión profunda y total del alma nacional, su error era acordarse demasiado, cuando se olvidaba, cuando tornaba sus ojos, su coraje, su memoria al plano de sus intuiciones, al destino de sus fastuosos descubrimientos vibrando en su voz, en un par de frases subterráneas inconmovibles y conmovedoras, entonces nadie lo igualaba, como ocurre, por ejemplo, con la Epopeya de las comidas y las bebidas de Chile, poema magistral, de alguna manera lo más grande y soberano que él escribiera, porque es un resumen de la historia impalpable de Chile, un resumen heroico y melancólico de su propia vida y, sobre todo, una exposición de sus derroteros poéticos y de sus virtuosismos, de su capacidad de transformar en arte hasta los más terrestres y vegetativos objetos de nuestra vida, aquí está el poeta solo con su hambre de comidas y bebidas, no sólo materiales sino también, y especialmente, espirituales, está solo con sus fantasmas y sus más íntimas obsesiones, él solo y su pulso poético, sin interferencias, sin estridencias extrapoéticas, el cazador dionisíaco, seguro de sí, de su capacidad, de su fuerza, de toda su salud terrestre y cósmica, porque está en trance, transfigurado, sin acordarse, sin nadie, él solo y su entusiasmo, él solo y su voz, él solo y sus criaturas. En él se concreta de modo memorable lo afirmado por Gaston Bachelard:
 
Por mucho que pueda remontarse, el valor gastronómico tiene primacía sobre el valor alimenticio y es en la alegría, y no en la pena, donde el hombre ha encontrado su espíritu. La conquista de lo superfluo produce una excitación espiritual mayor que la conquista de lo necesario. El hombre es una creación del deseo, no una creación de la necesidad.
 
Por su parte, acerca de este problema magno, agrega Fidel Sepúlveda Llanos:
 
Se trata de una poesía donde Dionisios sentó sus reales y conjuró todo lo incitante, evocador y hedonista. Esto genera una ansiedad por laurar y pletorizar que eclosiona metáforas, imágenes, sinestesias, hipérboles. Hay dispersión, pero es la dispersión del deslumbramiento, es dispersión que, dispersando, concentra, condensa. Períodos disyuntivos o polisindéticos en este caso obedecen a la misma ley: sirven al estado emotivo. Quien piense en gastronomía no ha entendido nada. El poema no es para uso de gourmet. Es poesía en que se exprimen las esencias más populares de lo popular con adjetivación y adverbialización magnificadora. Esta magnificación va avanzando a la veneración, a lo sagrado. El poema es un connubio de la carne y el espíritu. Tierra y hombre están en trance de consumación, lo humilde y precario tienen la vetustez de lo patriarcal, la vetustez y la grandeza. Esa vetustez sacra está entregada en un ritmo reiterativo y envolvente que acopia materiales y los transmuta en sangre poética que vitaliza toda la forma. Una continua antropomorfización destila vitalidad y gracia. Conjunción de aliteraciones, consonancias o asonancias internas asocian evocaciones y convocan presencias.
Se trata de una forma en que el léxico rotundo y pleonástico, el ritmo acechante y desenfrenado va incorporando una hilera de nombres propios anodinos, de lugares escondidos e insignificantes, de condumios y potajes «ordinarios» y localistas, y con todo, y por eso mismo, es la poesía chilena que ha calado más hondo en la peculiaridad de lo chileno y desde esta peculiaridad cala en lo permanente humano que no existe en abstracto, sino en versiones únicas e irrepetibles y, sin embargo, concordantes. Aquí comida y bebida son el elemento catártico que genera situaciones, y las situaciones conflictos y los conflictos esencias. Y ¿qué le pedimos al arte sino que a través de su lógica alógica, de su razón irracional nos entregue, objetivizado y vivo, lo entrañadamente humano?
Esto está, y en forma eminente, en Pablo de Rokha. [6]
 
El otro pan
 
Además, la Epopeya de las comidas y las bebidas de Chile es un fenomenal autorretrato del poeta, en ese fondo inconmensurable de su patria real y auténtica, la verdadera patria que transcurre más allá, sobre todo más acá del conglomerado de sofismas, hipocresías, entorchados y decorados tejidos pacientemente, cosidos con mentiras, con miserias, con sangre del pueblo por los esforzados meticulosos trabajadores de esa industria extractiva en que se convierte a menudo la política, la política burguesa de guantes y de sonrisas, de adulos y de bisagras por los enterradores de la verdadera nacionalidad, por los succionadores de los elementos esforzados, heroicos y permanentes de la verdadera patria, ésta que transcurre como telón de fondo, como protagonista, como canto único, como esencia única en esta gozosa geografía, en ese misterio gozoso de la poesía chilena que es el entusiasmado cántico a las comidas y a las bebidas. Quien lo escribió, quien vivió y murmuró ante esa biografía de la tierra era un ser solitario, el más solitario de los artistas que han nacido y luchado y sufrido en esta tierra y, sin embargo, que gozó de estar vivo y de trascender ese gozo y esa vivencia que fluye al contacto de esos anchos y caudalosos versos, más vividos que cantados, más encarnados que imaginados, versos no escritos para el señorito y la señorita, para el profesor y el académico, versos sangrantes y chorreantes, sangrantes de alegría y de esperanza, de satisfacción y seguridad en la vida, en la tierra, en este momento que pasa con nosotros y que retenemos, si podemos, en nuestro canto, en nuestros hijos o en nuestro recuerdo. Si algún extranjero, si alguien que no nos conoce, ni nos miró antes ni habló jamás con nosotros, lee por primera vez esos rotundos versos, experimentará un gozo único, una alegría superior y contaminada, entonces, sólo entonces nos verá, verá nuestra fabulosa cordillera, nuestro majestuoso y cercano cielo explotando en color azul o en color lluvia, palpará el aire como un rostro, cogerá el perfume guardado de nuestra primavera o de nuestra juventud, sí, aun en la miseria de nuestro pueblo, aun en el abandono y la alienación barbárica de nuestro pueblo descubrirá esa alegría, ese goce, esa espera, ese coro cruzado de cánticos de alabanza y permanencia, todo eso verá, todo eso respirará, todo eso sentirá, pero no sabrá y si lo sabe y se lo dicen no lo creerá, que la cabeza que imaginó esa realidad y esa dicha y se la entregó generosamente a su pueblo, que la boca que balbuceó ese canto de amor permanente y de permanente júbilo, una mañana se despedazó en la tierra, en esta misma tierra de su canto, en el pequeño sitio cerrado de su soledad y de su destierro, no, no sabrá nunca que el poeta que creó ese radioso y optimista canto de resurrección, de permanente y primaveral resurrección, una mañana se derrumbó deshecho y ensangrentado por su propia mano y por otras manos que lo estuvieron persiguiendo, negando, borrando, acorralando, triunfando. Parecerá mentira, parecerá sueño y pesadilla al extranjero ideal que llegue a esta tierra ideal, tan clara, tan alta y tan serena, y que permitió ese largo crimen; pero así será y cuando lea lo que dejó escrito el poeta se convencerá del terrible acertijo y de la irremediable verdad:
 
         ¿Por qué y en qué depósito de material podrido y obscuro,
         en cuál fábrica roja, establecida en las entrañas del ser y su ímpetu, me voy a asesinar,
         degollándome, con mis propios errores,
         dejando los sesos botados en los nidos de los mitos, en su terrible
         llama de plata, toda espectral, y sola y toda rota, eternamente?...
 
 
                      Santiago de Chile
                   31 de agosto de 1975
 
[1] Mario Ferrero, Pablo de Rokha, guerrillero de la poesía, Ediciones Alerce, Sociedad de Escritores de Chile, 1967, p. 22-24.
[2] Prólogo a Idioma del mundo, Editorial Multitud, Santiago, 1958, p. XIX.
[3] Ibíd., p. XXX.
[4] Seudónimo literario de Hernán Díaz Arrieta.
[5] Prólogo a Idioma del mundo, Editorial Multitud, Santiago, 1958, p. XL.
[6] «Pablo de Rokha, una reforma poética», Aisthesis, revista chilena de investigaciones estéticas, n. 5, 1970, p. 170.
 
Carlos Droguett, “Prólogo”, en Epopeya. Antología (Santiago: Penguin Random House Grupo Editorial, 2018), DIGITAL.