La balada de la cárcel de Reading (2/6)

Oscar Wilde

Seis semanas anduvo por el patio el soldado
       del andrajoso traje gris
y gorrilla en la cabeza;
       y su paso parecía alegre y ligero
pero nunca he visto a un hombre que mirase
       con más anhelo el día.
 
Nunca vi a un hombre que mirase
       con tal anhelo en los ojos
ese pequeño dosel azul
       que los reclusos llamamos cielo
y cada nube que arrastraba a la deriva
       su vellón deshilachado.
 
No retorcía sus manos como hacen
       esos necios que se atreven
a cultivar una estúpida esperanza
       en la negra cueva de la desesperanza;
únicamente miraba hacia el sol
       y se bebía el aire de la mañana.
 
No retorcía sus manos ni lloraba,
       ni escrutaba ni languidecía,
sino bebía el aire como si contuviera
       un saludable calmante;
con la boca abierta se bebía el sol
       ¡como si fuera vino!
 
Pero yo y las demás almas en pena
       que caminábamos en otro círculo
no recordábamos si nuestro delito
       era grave o leve,
y observábamos con entumecido asombro
       al hombre que iban a colgar.
 
Porque era extraño verlo pasar
       con paso tan alegre y ligero;
y extraño era verbo mirar
       con tanto anhelo el día;
y extraño era pensar
       que tal deuda tenía que pagar.
 
                           ** * **
 
Las hojas del roble y del olmo
       brotan hermosas en primavera,
pero tétrico es ver el árbol de la horca,
       con su raíz mordida por la víbora,
y que, verde o seco, un hombre vaya a morir
       antes que el árbol dé fruto.
 
El lugar más excelso es el trono de la gracia
       al que todo humano aspira a llegar,
pero ¿quién querría estar con un dogal de esparto
       en lo alto de un cadalso
y a través del lazo asesino
       ver el cielo por última vez?
 
Es agradable bailar al son de los violines
       cuando el amor y la vida son hermosos.
Bailar al son de la flauta o al son de los laúdes
       es delicado y extraño:
pero no es agradable agitando los pies
       bailar en el vacío.
 
Así con mirada curiosa y morbosas conjeturas
       lo contemplábamos día tras día,
y nos preguntábamos si cada uno de nosotros
       acabaría de idéntica manera,
porque nadie puede decir hasta qué rojo infierno
       puede extraviarse su alma ciega.
 
Por fin, el hombre muerto dejó de pasear
       con los demás presos,
y supe que estaba en el negro banquillo
       de la terrible prisión,
que jamás volvería a ver su cara
       ni en la fortuna ni en la adversidad.
 
Como dos barcos perdidos que en la tormenta se cruzan
       nos habíamos cruzado en nuestros mutuos caminos,
pero no nos hicimos señales ni nos dijimos palabra:
       no teníamos palabras que decirnos,
porque no nos encontramos en la noche santa
       sino en el día de la ignominia.
 
El muro de una prisión nos rodeaba,
       éramos dos parias, eso éramos;
el mundo nos había arrojado de su corazón
       y Dios de su cuidado.
Y el cepo de hierro que aguarda al pecado
       nos había atrapado con su argolla.
 
 
 
Oscar Wilde, La balada de la cárcel de Reading (Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial, 2017), 29-34.