Poesía y muerte de Joaquín Pasos

Manolo Cuadra

    Joaquín Pasos duerme desde la una de la madrugada. Ahora su sueño no rebota inquieto en los vaivenes de su amado corazón, y el pulso ha cesado de latir en su muñeca como el mecanismo de un reloj que de pronto se viera interrumpido por la visita de unas mariposas.

     Joaquín Pasos duerme en la Estación de Banderas del ataúd que manos maternales aderezaron y ojos  amigos humedecieron, en malogrado intento de reverdecer su tallo herido.
 
     Joaquín Pasos tiene los ojos cerrados, deslumbrantes de interior claridad, y sus manos hialinas, de donde ha desertado la sangre desleal, se asen confiadamente al áncora del crucifijo. Gesto cabal, representativo de su poesía, Alfa y Omega de su poesía.
 
    Están los ojos, por dentro, muellemente abandonados. Los párpados los cubren como dos pétalos orlados del musgo mortuorio de las pestañas. El cuello, con la cabeza, se ha doblado un milímetro hacia el lado del corazón (había que haberlo amado mucho para notarlo) y en la frente exangüe, de marfil asesinado, se advierten sin esfuerzo, las señales digitales del eterno sueño.

    Joaquín reposa, puesta hacia el oriente su cabeza de ópalo melodioso donde el cabello pálidamente rubio enciende una aura matutina. El otro extremo del cuerpo apunta a los próximos soles del poniente, y en el centro, segura, el alma señoreando, equidistante de los extremos.

     Con el rostro velado por una sedina parece el novio ideal, listo para el encuentro con la Esfinge.
 
    Anoche, a las once, cuando el día estaba a la orilla de partirse, herido en la mitad por el reloj, los amigos de Joaquín Pasos, Alejandro, Juanillo, Toño, Pablito y María Teresa, esperábamos, resignados, el triunfo final de su alma en el colapso de la carne mortal.

     De la pieza contigua nos llegan los rumores de la partida en las frases de la madre transida toda ella de espadas, y en los mismos silencios intermitentes. Hubo un momento en que la voz de Joaquín llegó a recordarnos aquella cita del Evangelio de San Juan, cuando Cristo Jesús, "habiendo clamado con gran voz: Elí, Elí..." Así, Joaquín. Nos llegaron primero sus palabras en leve murmullo inaudible hasta que habiéndolo él notado, se esforzó por decir, con voz gruesa y extrañamente firme, esta palabra: "¡Espiritu!" También le oímos decir: "Todo está preparado". Y más tarde: "¡No hay nada que temer!" Y sus frases nos herían sin matarnos. No había en ellas falsa arrogancia, ni humillación ante lo inevitable. Sólo reconocíamos en su entonación, la conciencia de ser del soldado cristiano, la hora del deber.
 
     Dos horas después, su delicado corazón daba tres golpes a la orilla del misterio, y enunciado que fue, los ángeles se prendieron sus alas de gala, y salieron al encuentro de su poesía.
 
     Joaquín Pasos Argüello había nacido en Granada, junto a la perspectiva vertical del Mombacho y a la visión horizontal del lago. Por eso su poesía tuvo esa angustia teológica de los volcanes esforzados hacia arriba, y la dimensión horizontal oceánica, inmensa del mar. Como dijo hace tiempo Coronel Urtecho de otro amigo ido: "el lago fue el pequeño mar sereno y dulce de su vida hecha para el océano".
 
     La obra poética de Joaquín Pasos, en sus principios granadinos, aparenta ya ser el encuentro —dentro de su formalidad encantadora y trivial— con lo revolucionario y disconforme. Su "PESCADORA DE ROSAS", corresponde a la época florida y galante que andando el tiempo tenía que reducirse o agrandarse, fuera del camino real donde los municipios literarios cobran impuestos de tránsito, obligando al viandante a dejar en las arcas ajenas un poco de la propia tenencia. Esta rebeldía sintomática en un temperamento que no acepta los edictos restrictivos, le condicionó para intervenir, por sí y ante sí, en las cuestiones relacionadas con él mismo. Cuestiones, sin embargo, que tendían a interesar el ambiente, y despojar la cifra hecha de sus valores congelados, y la frase hecha de sus sonidos académicos. Pablo Antonio Cuadra, en una exégesis incomprensible de la poesía de Joaquín, pretende comprender esta poesía y, quizá lo peor, tratándose de un hombre de tantas disciplinas y humanidades, darnos una explicación, guisada al gusto de su paladar.
 
    Yo creo que esta poesía, indecisa porque representa ella misma, en su entrega, un período protohistórico del autor, debe ser considerada más como intento de conquista que como conquista misma, más como bosquejo que como cuadro. Me refiero, desde luego, al Joaquín agonista de TIERRA TOSTADA y BARRIO INDIO, dos cuadernos que él había aliado tipográfica y espiritualmente, en la seguridad de asombrarnos, y asombrarse con su misterio. Nada hay en BREVE SUMA que pueda ser sometido a la humillación de un régimen interpretativo. El poeta mismo habrá visto nacer ese hijo extraño, sin sospechar qué elementos directos tomaron parte en su formación, y sintiéndose impotente para versar sobre la naturaleza de la fuerza motriz y las iniciales sensaciones. De todo ello, es sin embargo categóricamente cierto, que no debemos cerrar los ojos pesimistas frente al fenómeno. Porque examinarlo no quiere decir tergiversarlo, así también como resistirse a interpretarlo quiere significar abandonarlo al olvido. Joaquín Pasos ha sido, en su poesía y en todo, consecuente con su oscuro drama intelectual. Cuando nosotros lo sorprendimos leyendo sus trabajos, en una posición de rodillas ante el creacionismo de Huidobro, sólo podíamos comprender que Huidobro no era para él un guión definitivo, ni una señal de parada mucho menos. Existía en Joaquín Pasos un trotamundos mental, un aeronauta arrastrado constantemente. Y esa cultura, varia, sana, violenta, que lo transía, no podía darle direcciones, no podía acelerarlo sino a trueque de mutilar su delicadeza, volviéndolo al revés de su pristino y natural modo.

     Con esta personalidad subyugante, egoísta porque cubría nuestro mundo nacional con su sombra, —todos nos teñimos de la sombra de Joaquín, iluminándonos— es natural que Joaquín dejara muchos hijos ilegítimos de la poesía. Hijos que quieren ser "oscuros y naturales" como Joaquín, embarcándose hacia el misterio con una guía de turistas bajo el brazo, y fijando de antemano sus lugares de desembarco, mediante la elaboración de una geografía postiza añadida con acuarela sobre una tarjeta postal. Joaquín no tomaba pasaje: desembarcaba donde termina su marear interior, y en uno de esos desembarcos, destaquemos el ejemplo, el mareador se encuentra con la extraña tierra donde las arenas insulares sueltan voces y lágrimas las piedras. Entonces surge, como proveniente del fondo de un sueño, ese CANTO DE GUERRA DE LAS COSAS que, más que cualquiera de sus obras, es la tarea violenta de un poeta por libertarse, por encontrar un nuevo acorde en una nueva acústica. Joaquín juega aquí con materias monstruosas, con estaños astrales, con cueros endurecidos por centurias de humedad, con elementos primitivos, para cuyo beneficio literario no ha existido técnica conocida. Se me da la idea de que soñaba ser un arquitecto pretendiendo da forma a las nebulosas, a esas masas bituminosas, rebeldes, apenas mano del artista ha intentado darles fisonomía y ritmo.
 
    Tengo en la mano rescatado al olvido, un poema de primera intención de Joaquín Pasos, con tachaduras e inconcluso. AI final, una  palabra mutilada, y en seguida, una raya pasada, quizá rabiosamente, como respondiendo a la urgencia de paz provocada por un ahogo. Se intitula A LA DAMA DE LAS 11 a.m. Me imagino que refiere el paso de una muchacha, a esa hora por su casa, en la Calle de Dreyfus:

    "¿De dónde sacó esa joven ese simple y cadencioso modo de andar? ¿A dónde vas joven? Ven a decirme quién eres. Conozcámonos antes de morir"…

    Así termina.
 
                               (Los Lunes de La Nueva Prensa,
                               Managua, 27 de enero de 1947).
 
 
Manolo Cuadra, “Breve Antología”, en Manolo Cuadra (León: Editorial “Hospicio”, 1968), 162-5.